Miura: una historia de más de 175 años

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Esta mañana el despertador ha sonado muy temprano, teníamos dos horas y medias de viaje para llegar a la Finca Zahariche, entre Lora del río y La Campana, dos pequeños pueblos en la provincia de Sevilla. Llegamos delante de la cancela de la finca y se nos presenta delante esta imagen: dos palos coronados por un arco con unas letras forjadas en metal componiendo los nombres de la familia propietaria. A los lados del arco dos calaveras de sus toros de lidia. El nombre de la familia en cuestión es Miura. Viendo la escena, nos viene a la mente un verso muy conocido del Infierno de Dante Alighieri, “Perded toda esperanza los que entráis”. Recorremos un camino de tierra hasta llegar a un cortijo donde nos da la bienvenida el dueño de la casa, Antonio Miura Martínez. Si preguntáramos a cualquier persona de imaginarse un ganadero, describiría sin duda a él: camisa de cuadros azules, con sus iniciales bordadas, pantalones largos, botas y, en la cabeza, el típico sobrero de ala ancha que tiene que haber visto muchas lunas. Antonio nos acoge con una sonrisa sincera y con un fuerte y firme apretón de manos. La ganadería de los toros Miura fue fundada el 15 de mayo del 1842 por Don Juan Miura, la equina en 1845. La empresa se transmitió de padre a hijo o de hermano a hermano desde su comienzo. Los propietarios actuales con los hermanos Antonio y Eduardo Miura Martínez.
La familia y sus colaboradores, en total 14 (7 a caballo, 7 que se ocupan de los PRE, de las estructuras y de la alimentación de los bovinos), trabajan en las 600 hectáreas de tierra que rodean el cortijo. Las faenas aquí empiezan temprano, nos explica Eduardo Miura Fanjul, sobrino de Antonio y único heredero, “el trabajo comienza a las 8, vamos a hacer recuento de todo el ganado bovino que incluye: toros de lidia, vacas con becerros y vacas con terneros hasta el año, estamos hablando de unas 800 unidades. Es un trabajo muy complejo, ya que no se trata de animales muy dóciles y colaborativos.” La ganadería se ocupa de la cría de toros de lidia, de la agricultura (principalmente maíz, algodón – muy común en la zona – patatas y avena,…) y de la cría de caballos españoles e hispano-árabes. La fecundación se hace con monta natural con yeguas y sementales de la casa (al momento Ojeroso X) y de vez en cuando con sementales provenientes de la Yeguada Pallares. Los caballos sirven a los Miura sobre todo para el trabajo en el campo con los toros, se necesitan caballos agiles y funcionales, que aprendan y que respondan bien, que no tengan miedo y que sean agiles para evitar los rápidos e imprevisibles movimientos de sus toros.

A esto sirve la doma vaquera, como nos dice Antonio “se aprende en el campo, día tras día, no existe una verdadera escuela, existe la experiencia, la pasión y el respeto por las enseñanzas de nuestros antepasados”. Los Miura crían y doman caballos también para destinarlos a la venta, el famoso Invasor, campeón olímpico en Atenas, era hijo de Panadero VIII, un PRE de los Miura. Las yeguas y los potros corren libres en la dehesa, separados de los bovinos, también libres, pero divididos por sexo y tipología: toros de lidia, vacas y toros de monta, cada uno, menos los padres, divididos por edades. Las hembras y los sementales tienen los cuernos cortados, para evitar que se hieran o que se maten entre sí. Durante nuestra visita Antonio nos lleva en su jeep para verlos desde cerca, están allí, enormes y musculosos, nos miran con atención, nos estudian. Encontrárselos a unos pocos metros nos provoca cierto respeto, sobre todo cuando uno de ellos decide que la visita no es grata y nos enbiste. Gracias a la infinita experiencia de Antonio, que prevé sus intenciones, aceleramos a todo gas y nos dice “si conoces el animal, notas cuando está a punto de embestir porque cambia su mirada, el toro es un animal muy rápido y que hay que respetar y con el cual hay que tener cuidado constantemente, motor arrancado y primera metida siempre”.

Los toros Miura son especiales por su particular bravura, por su forma alta y alargada, y también por su capacidad de recordar y aprender rápidamente. El patrón afirma “la próxima vez intentará de nuevo embestir el jeep, recordándose que le ha valido para quitar de en medio la molestia”. El día con Antonio y Eduardo ha pasado muy rápido, no han faltado emociones viendo una familia que sigue con la actividad desde hace más de 170 años con la misma pasión, orgullo, respeto por la tradición y humildad.